Este 14 de enero no es una fecha más. Se celebra el día Mundial de la Lógica, una jornada proclamada por la Unesco en 2019 para homenajear a dos de los pensadores más influyentes del siglo XX: Kurt Gödel y Alfred Tarski. Pero, sobre todo, para recordar que pensar con rigor, con coherencia y con honestidad intelectual es una condición básica de la vida democrática. En un país como Argentina esa conmemoración tiene una carga particular. No porque falten matemáticos, filósofos o científicos, sino porque la lógica se ha ido perdiendo dentro del debate público. Fue reemplazada por consignas, por eslogans, por relatos emocionales y, cada vez más, por una confusión deliberada entre opinión y verdad.

La lógica no es frialdad. Se trata, en esencia, de una ética del pensamiento; de la decisión de que las cosas deben poder explicarse, que los argumentos deben sostenerse y que las contradicciones no pueden ocultarse bajo el volumen de la propaganda. Gödel mostró que incluso los sistemas más formales tienen límites; mientras que Tarski enseñó que la verdad necesita reglas claras para no disolverse en ambigüedad. Ambos, desde campos abstractos, dejaron una enseñanza política. Sin criterios compartidos de verdad, cualquier poder se vuelve arbitrario.

Hoy vivimos rodeados de ejemplos de esa arbitrariedad. Se prometen sacrificios mientras se multiplican los privilegios. Se habla de austeridad con estructuras que siguen siendo opacas, se apela al orden mientras se tolera la violencia cuando conviene y se reclama transparencia, pero se gobierna desde la excepción. No parece ser una crisis ideológica, sino una crisis de coherencia.

La lógica, entendida como herramienta social, permite detectar contradicciones. Obliga a preguntarnos por qué una regla rige para algunos y no para otros. Por qué ciertos errores son imperdonables y otros se reciclan como experiencia. Por qué se exigen esfuerzos a los ciudadanos mientras muchas instituciones se reservan el derecho de no rendir cuentas.

No es casual que la Unesco insista en llevar la lógica a escuelas y universidades. No se trata de un lujo académico, sino de una defensa cívica. Un ciudadano que sabe razonar es más difícil de manipular, y una sociedad que distingue entre argumento y consigna es menos vulnerable al abuso.

En tiempos de polarización, de fake news y de discursos diseñados para dividir, la lógica no es neutral. Es más que nada una forma de resistencia. Significa no aceptar que dos cosas opuestas sean verdaderas al mismo tiempo y exigir también que las palabras tengan consecuencias. Y recordar, además, que la verdad no es una cuestión de poder, sino de consistencia.

Tal vez por eso hoy pensar con lógica se parece a un gesto contracultural; aunque también es una señal de esperanza. Mientras exista gente dispuesta a razonar, a preguntarse y a no conformarse con respuestas cómodas, seguirá existiendo una posibilidad real de democracia. Por eso hoy se celebra algo concreto: el derecho a pensar sin trampas.